Todo empezó mucho antes de que existiera Pedro Cabrera.

Mi abuelo comenzó reuniendo pequeñas fincas alrededor de Jabalquinto. No había una marca detrás ni un plan de crecimiento como lo entendemos hoy. Había trabajo, paciencia y la intención de construir algo que permaneciese.

Con los años, aquellas pequeñas fincas fueron formando la base de lo que hoy es el olivar de nuestra familia.

Mi padre

Mi padre era economista y llevaba esa forma de pensar también al campo. Miraba los números, recorría las fincas y trataba de entender dónde tenía sentido actuar y qué podía hacerse mejor.

Con los años fue transformando el olivar familiar. Extendió el riego, incorporó nuevas plantaciones cuando era necesario y fue mejorando las fincas con una idea muy clara: cada decisión tenía que dejar mejor preparada la campaña siguiente.

Hay algo suyo que siempre recuerdo. Las fincas que iban bien le preocupaban menos. Su atención estaba en las que podían mejorar, en el problema que había que resolver y en aquello que todavía podía hacerse mejor.

Solía decir que el campo no era rentabilidad, era seguridad. Una buena cosecha no era una invitación a gastar más, sino la oportunidad de seguir invirtiendo, ganar tranquilidad y estar preparado para cuando llegara una campaña peor.

Esa forma de entender el campo sigue estando detrás de muchas de las decisiones que tomamos hoy.

El campo como refugio

Para mi padre, el campo era también su forma de desconectar.

En las tardes largas de verano esperaba a que bajase el calor para perderse un rato entre las fincas. Le gustaba recorrerlas sin prisa, ver cómo iba todo, fijarse en la floración o en los primeros frutos de la cosecha que venía y comprobar que cada cosa seguía su curso.

Eran momentos tranquilos, casi siempre al final del día. Conociéndolo, creo que podían ser algunos de sus momentos favoritos.

Jabalquinto era su manera de volver a sus raíces.

Andrés

Andrés lleva más de veinte años trabajando con nuestra familia. Conoce las fincas, los riegos y cada campaña como si fueran suyos.

Mi padre hablaba con él prácticamente todas las noches durante el invierno. A veces solo para saber si había llovido, cuántos litros habían caído o cómo iba el campo.

Esa relación de confianza ha sido fundamental durante todos estos años. Hoy Andrés sigue siendo mis ojos sobre el terreno, la persona que conoce cada detalle y que continúa buscando, como hacía mi padre, dónde se puede mejorar.

La transmisión

Durante muchos años mi padre me mantuvo alejado de la gestión del campo. Quería que hiciera mi camino, que estudiara y que construyera mi vida fuera de aquello que para él había supuesto tantas horas y tanta responsabilidad.

Durante su enfermedad eso empezó a cambiar. Poco a poco fue enseñándome cómo estaba estructurado todo, qué números miraba, qué decisiones consideraba importantes y dónde estaban los puntos a los que había que prestar más atención.

Después de su fallecimiento me correspondió continuar. No intentando hacer las cosas exactamente como él las hacía, sino entendiendo su forma de pensar y tratando de mantenerla viva en cada decisión.

Pedro Cabrera

Mi abuelo construyó las fincas.
Mi padre las transformó.
A mí me corresponde darles una voz.

Pedro Cabrera nace de ahí.

No heredamos un olivar. Heredamos la responsabilidad de mejorarlo.